Estuardo Prado, o el perturbador recurso de la ironía

Por Ronald Flores

 
Desde que se promulgara el Manifiesto de la Editorial X en las últimas páginas de la extinta revista Anomia, en su número 666 correspondiente a febrero de 1998, hecho atribuible a quien todos sabemos a pesar de la firma de una anónima equis, la literatura en Guatemala ha padecido la más violenta intervención en su historia. La afirmación anterior no es del todo cierta, aunque goza de la comodidad que brinda la historiografía al dar una fecha, el nombre de un documento, un emisor a un evento cuya irrupción fisura la continuidad del represivo y excluyente sistema cultural, cuya legitimidad misma ha sido efectiva y caóticamente saboteada por la desafiante, irreverente y esquizoide X, aunque sin escapar de los riesgos eminentes al establecimiento de un contrapoder que han sido señalados por Kristeva principalmente en Women’s Time. 


En dicho agradecido manifiesto, escritor/editor equis declaraba con una delirante resolución racional que:

La editorial X estará dedicada a publicar obras de personas desconocidas que a pesar de no mostrar ningún apego a las normas académicas, muestren alguna innovación extraña, sin importar que tan extraña sea, o que caiga entre lo patológico; puesto que lo enfermizo en la literatura es nuestro deleite (32).

Desde entonces hasta la fecha, ha sido, como pocos, fiel a su promesa. Así lo atestiguan una serie de publicaciones cuyo grado patológico  pareciera ascender de manera vertiginosamente ascendente, para decirlo de una forma no del toda justa con lo corrosivamente caótico que es el espacio simbólico (des)establecido en la escritura equis.


Desde entonces hasta la fecha, Prado ha sido negado tres veces por la crítica literaria precisamente por el carácter monstruoso de su escritura que revela aquello que nadie ignora pero que todos se niegan a admitir. Buena parte de lo que se hace pasar por crítica en Guatemala, lo ha tildado de narcosatánico, apólogo de la pornografía, autodestructivo o, simplemente, irrelevante, sin siquiera darse a la tarea de desentrañar la compleja propuesta e(sté)tica de la narrativa de Prado. 
Aunque sería tentador elaborar un análisis del corpus emitido bajo su signo, este ensayo se limitara tan sólo a indagar un aspecto en La estética del dolor y Vicio-nes del Exceso que puede o no atravesar fantasmagóricamente la inquietante obra de Estuardo Prado, tomado el autor como factor unificador dentro de una campo dispersivo no del todo incierto aunque no por eso necesariamente arbitrario.

 

All This is a Fraud

 

La estética del dolor (1998), la primera publicación aparecida con la X como marca distintiva, abre con una cita de Antón Szandor La Vey, famoso personaje de la subcultura de los sesentas, que nos advierte que: “all this is fraud”. La afirmación, aunque paradójica, sirve para situarnos en el territorio semántico dentro del cual se desarrollará la trama y buena parte de la obra narrativa subsiguiente. Si todo es un fraude, ¿lo es también dicha premisa?


Es imposible contestar la pregunta anterior sin cometer una contradicción, lo cual no es ni siquiera necesario, sino que al contrario. Su sola articulación ya de por sí implica caer bajo el imperio de la ironía. La escritura de Prado es precisamente una exploración de la condición antinómica de la existencia, una exploración con un sentido profundo de las repercusiones epistemológicas que conlleva dicha indagación filosófica a pesar del aparentemente superficial medio a través del que se enmascara dicha pretensión. De manera recurrente, estamos, en los relatos “Epifanía travestí” , “El mundo visto desde el hoyo del culo”, “El reloj de Dios: o una épica postmoderna” por ejemplo, ante el perturbador recurso de la ironía, manejado con una destreza suspicaz y, algunas veces, agobiante, pero siempre esquizofrénica y delirante.


Al leer a Prado conviene recordar la capacidad negativa que Keats  consideraba indispensable y la advertencia de Schlegel: la ironía es algo con lo cual simplemente no se juega. Como Keats con respecto a Shakespeare, Baudelaire ha apuntado que la capacidad de duplicación que implica la ironía es un extraño don, algunas veces otorgado a quienes se manejan en el lenguaje. Como apunta Paul de Man, dicha duplicación proviene de la escisión del sujeto en una versión empírica de sí mismo y otra versión, digamos semántica, que estaría al acecho de su propia im-posibilidad de significación. Antes de proseguir, quiero señalar la división platónica que subyace a esta diferenciación ontológica, entre el mundo real (el de las ideas, que conste, en estricto apego a la terminología socrática) y el de falsificaciones (es decir, el mundo tal y como lo vemos, en el cual estamos inmersos). Esta diferenciación es clave porque explica también la búsqueda mística que no abandona la escritura de Prado y que se hace particularmente evidente en el relato “Dolmen: la búsqueda del verdadero paraíso” que cierra Vicio-nes del Exceso.


El acto subsiguiente en La estética del dolor, “la deconstrucción de una introducción” es un discurso escindido, enunciado esquizofrénicamente desde dos narrativas que aunque diferenciadas no son necesariamente opuestas. Una, la que aparece en el polo izquierdo de la página, es personal, auto-referida, afectada con un tono confesional; la otra, la del polo derecho, semeja la retórica académica, se sostiene por las referencias a otros textos. Se establece entre ambas el incómodo, problemático e irresuelto desplazamiento entre la subjetividad y la objetividad, la primera y la tercera persona gramatical en la escritura, escisión que fundó la modernidad, si se toma El recurso del método de Descartes como uno de sus actas fundadoras, puesto que éste también es un discurso que se debate entre el diario íntimo y, digamos, el tratado científico, aunque lecturas posteriores han intentado privilegiar la segunda sobre la primera posibilidad interpretativa. ¿A qué atribuir esta negación de la modernidad que Prado, como síntoma, revela? Es curioso que la primera palabra del polo izquierdo, el que hemos denominado tentativamente subjetivo, sea “apartándome”, puesto que dicho gerundio describe la ansiedad que según, Saussure, establece la diferencia entre un signo y otro, cuestión que validaría la irónica duplicación del ser que señala de Man, aparte de abonar en la afirmación de Barthes con relación a la multiplicación referencial de los signos que Derrida arrastrará hacia esfumar la posibilidad referencial del supuesto objeto inmanente en cada acto transitivo de manifestación efímera.


La “Escena I. La espiral hacia abajo” presenta al narrador atrapado en esta perturbadora condición irónica, que surge precisamente por una antinomia de implicaciones éticas. Desde la contradictoria entrada misma, en el que el narrador intenta concentrarse en el programa televisivo, pero no puede apartarse de la opresiva presencia de su propio programa, el relato de tremendas implicaciones Lacanianas, de subsiguientes intentos fallidos de evadir lo Real. “Estar descalzo” se convierte en un síntoma que desenmascara la asfixiante armonía del hogar, del mundo, que detona una introspección que recorre y desemboca en la confirmación de que en esta escindida condición “no hay escapatoria”. La división entre lo ideal y lo empírico es tajante e inaguantable, tanto así que propulsa el acecho de una vía para colapsarla, el establecimiento de un vínculo posible entre lo uno y lo otro, de una manera de volver a ligar la escisión existencial (cuya respuesta no suscita una angustia sartreana sino más bien una risa batailleana). En tanto las religiones han fallado en dicho intento, Prado opta por probar otro pharmakon…

 

La literatura es el opio de los intelectuales

 

La exploración del pharmakon y la violencia se tornaran temas obsesivos y recurrentes en la obra publicada de Prado (tanto como lo es la ternura y la armonía, aunque sea de manera contrapuntual). Pero, de hecho, no podría ser de otra manera a partir de la lúcida forma en que Prado introduce el delirio narrativo como un territorio discursivo en el que se entrecruzan los más variados registros provenientes de distintas corrientes dentro de la cultura, desde las referencias librescas hasta la inserción de jingles publicitarios, analogando productos considerados “cultos” con producciones “pop”, en la misión que funda y consolida las empresas imperiales: la administración del pharmakon, el IHS, CIA, LSD, TV, FCE, PNUD, FMI, abreviaturas que pueden ser sustituidas por otras que también prometen un camino hacia el cielo, una manera de instaurar la ciudad de Dios, la fraternidad humana, en la tierra.


Pero apuntando más allá de este apareamiento nada casual, la violencia, según Bataille, constituye, fundamenta, establece lo sagrado. Por extensión, la narrativa de Prado, en especial el relato “La solución final o el plan maestro para la destrucción del mundo: cinco pasos para llegar a la extinción del hombre, por medio de una acabada”, desnuda este propósito inherente a cualquier empresa que pretenda expandir una noción de lo “sagrado” por el mundo. Evangelizar, democratizar, socializar, civilizar, educar, o demás, la distribución misma del Logos agustino, del opio de los pueblos en la clásica afirmación marxista, es una acción violenta, contagiosa, adictiva, tanto como lo es la narrativa de Prado, en donde encontramos, sin embargo, algo ausente en las anteriores proyecciones megalomaníaticas: la parodia elevada a la tercera potencia; la risa ausente en los demás proyectos utópicos.


No tomar nada en serio. Alcanzar, paródicamente por medio de las drogas, el ideal que funda y preserva la república platónica, cesareana, agustina, el nuevo orden mundial y demás repeticiones de la misma configuración ideológica. Me refiero a la perturbadora similitud entre la apatheia, sustento de la filosofía estoica, y la actitud desapegada a la que apela, con un guiño, Prado. ¿Es a esto a lo que nos está llevando la equis, a una nueva forma de plantear el dilema ético? ¿Es la risa que surge de leerlo, la que provoca un moralista que emplea la parodia como elemento pedagógico para fustigar a la civitas que lo ha marginado por revelar aquello que los demás no quieren o no se atreven a admitir pero que de todos modos saben?


Estoy siendo excesivo. Prado no presenta ninguna de estas lecturas inequívocas. He ahí su indefinible virtud: la ambigüedad de la narrativa, que desnuda la forma literal en que leen la mayoría de los críticos, siempre en busca de la certeza que desactive el perturbador recurso de la ironía.


Prado, escritor de la marginalidad, de los excesos, exaltador de los vicios.


Prado, escritor central para revaluar la ética, exaltador de las virtudes perdidas.


Imposible dilucidar una sola respuesta a estas contradictorias aseveraciones.


Aquí, sin embargo, se esconde una subversión intensa, que es probablemente lo que “molesta” tanto en la monstruosa narrativa equis. No sólo eso. La razón misma por la cual los poetas son expulsados de la república (de las letras) que diseñó Platón, a la (de la) que “aspiran” tantos. La forma tan incisiva que cuestiona lo que hemos tomado por el orden natural de las cosas, sin dejarnos ninguna respuesta.


Ninguna respuesta, que no sea el advertir la ironía que perturba toda afirmación.

Postdata. Este ensayo concluye en la línea anterior, mas no se conforma. Nada ha dicho sobre otros síntomas que revela la enfermiza narrativa de Prado que permite aseverar la buena salud que gozan las letras centroamericanas.

 

Notas

 

  ¿Hasta qué punto no era éste el propósito implícito en Shklovsky, Eichenbaum, Mukarovsky al referirse a la historia de la literatura como una continua sucesión de formas, en su énfasis por violentar la tradición para asegurar su continuidad? Y, por supuesto, es justamente lo que enfoca Deleuze y Guattari.

 

  Me parece cardinal resaltar la importancia que adquieren los travestís en la escritura de Prado y su estrecha relación con lo que postulaba Roland Barthes en, por ejemplo, tanto The Death of the Author, como en S/Z, en donde enfatiza el carácter destructivo, anulante, arrasador de diferenciaciones, castrante,  de la escritura


  “I mean negative capacity, that is when a man is capable of being in uncertainties, mysteries, doubts, without any irritable reaching after fact and reason” (citado en The Letters of John Keats, 1814-1821).

 

Bibliografía

 

Prado, Estuardo. Estética del dolor. Guatemala: Editorial X, 1998.
----    Vicio-nes del Exceso. Guatemala: Editorial X, 1999.
----    El libro negro. Guatemala: Editorial X, 2000.
----    Los amos de la noche. Guatemala: Editorial X, 2001.